La Religión y La Brujería en Guinea Ecuatorial

La humana existencia se alterna en su dinámica entre el bien y el mal. El bien sería la condición originaria del hombre, mientras el mal aparece a posteriori en la vida humana por una falta cometido por el hombre. Desde entonces el mal es el mayor problema del hombre, como el bien constituye el anhelo fundamental para su felicidad. El mal y el bien son los dos polos contrarios de la humana existencia en este mundo. Sin embargo no existen medios inmanentes a disposición del hombre con los que pueda vencer la batalla sobre el mal: ni siquiera la razón y la ciencia pueden solucionar otros los problemas del hombre como alguna vez soñó la modernidad. El desencanto por el optimismo cientista procede tanto de la comprobada limitación de la obra humana, manifestada en todas sus realizaciones, que de la presencia operativa del mal en el mundo, que parece desbordar todo proyecto humano tendente a su erradicación. Por eso el mal dice relación a Dios, ya que él y solo él, vence sobre el mal. Si en el contexto occidental la dialéctica del bien y del mal suscita la problemática de la delimitación entre la razón y la fe, en África, sin embargo, plantea la delimitación entre la religión y la brujería, por cuanto el mal lo identifica el bantú con la brujería.

Para la exposición del tema no hemos querido transitar por la vía de la presentación de definiciones magistrales tomados de textos especializados autorizados sobre la religión y la brujería, y desarrollar deductivamente el tema desde las premisas establecidas a priori. Al contrario, hemos preferido seguir la perspectiva antropológica-existencial de observar el ser y la acción del hombre más cercano en su realidad, para luego generalizar los resultados a la humana existencia. Este hombre está aquí representado por los pueblos bantú de Guinea Ecuatorial.

Según la visión bantú de la realidad, Dios es bueno y creó al hombre en una sociedad equilibrada en perfecta armonía con Dios, con los demás y su entorno. La introducción de la brujería en la sociedad humana fue la que desplomó la armoniosa sociedad tradicional dominada por el amor al bien. En sus cenizas emergen tres categorías de personas que para facilitar su inteligibilidad las clasificamos en tres grupos, a saber: las que ignoran la brujería y desarrollan sus vidas sin seguir sus cánones de conducta, que en adelante llamaremos grupo uno; las que la conocen y la practican para solucionar sus problemas utilizando sus métodos (grupo dos); y las que la conocen y combaten sus métodos nocivos para la gente de una sociedad dada (grupo tres).

Las personas integrantes del grupo dos y tres poseen materia de brujería, no así las del grupo uno. Las del grupo segundo poseen una materia de brujería antisocial, y las del tres, una materia de brujería no antisocial.

Desde el punto de vista metodológico y disciplinar nuestro trabajo no responde a los objetivos noéticos de la fenomenología religiosa que desentiende de la cuestión del origen de la religión según puntualiza G. Dumezil en la presentación del libro “tratados de historia de las religiones” de Mircea Eliade: “La ciencia de las religiones deja a los filósofos la cuestión de los orígenes, como lo hizo antes que ella, la ciencia del lenguaje; como lo han hecho todas las ciencias.”1 Las consecuencias por este abandono son de todos conocidas. En adelante, se tendrá que palos de ciegos es temas fundamentales para el hombre. Nuestro trabajo sí tiene un inconfundible objetivo filosófico e incluso teológico. No nos parece honesto soslayar el problema del origen, de Dios, cuando se habla de la religión y del sentido del hombre.

Es desde Dios donde la religión y la brujería dicen algo sobre el problema del mal: Dios como origen y causa del bien y la brujería como origen del mal. Creo que por las mismas razones surge la Teodicea de la mano de Leibniz, que literalmente significa “justificación de Dios” y cuyo título revela todo un programa: Ensayos de teodicea sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal.”

Lo que dice la religión y la brujería sobre el mal, permite trazar la frontera entre ambas. Por eso resulta importante analizar el comportamiento del grupo tres y uno de nuestra clasificación. El grupos tres comprende los “curanderos” que combaten las males acciones de los brujos, las personas “buenas” conocedoras del mundo nocturno y que son capaces de iniciar a los jóvenes orientando su materia de brujería para que no fuera antisocial y grandes personalidades sociales dotadas de una materia de brujería no antisocial.

Según la filosofía bantú, todas las grandes personalidades sociales del mundo de la política, de la economía, del arte, del mundo militar, etc., poseen materia de brujería y tienen que pasar por la iniciación que convierte su materia de brujería a ser no antisocial, a no ser brujo. De esta manera, se supone que ellas no utilizarían su conocimiento y poder para dañar a la sociedad y sus miembros como hace el brujo. Sin embargo, a la luz de los hechos, tengo mis dudas. El comportamiento del brujo puede resultar ambivalente. En el trabajo “determinismo y la libertad entre los fang,” publicado en la revista el Patio, número 67 del año 2000, recojo la opinión de la gente sobre el comportamiento imprevisible del brujo: “Individuos de muy mala voluntad como los brujos podrían intervenir una vida positivamente definida y trastornarla, es decir, reorientarla negativamente.” Eso significa que las personas con materia de brujería no antisocial pueden terminar actuando como verdaderos brujos o de personas dotadas de una materia de brujería antisocial. Una vida positivamente definida es la de una persona que nace con la materia de brujería y ésta se inicia a ser no antisocial. Pero: “¿Cómo uno puede tener acceso a la definición social de una persona o a la vida del otro y trastornarla?. La respuesta que se deriva de las creencias de la gente puede ser sintetizada de esta manera: “Los partidarios de estas creencias piensan que ciertas personas particularmente dotadas de poderes extraordinarios pueden descubrir el lugar donde se hubieran escondido los objetos con los que se había definido la vida de una persona y, en posesión de éstos, trastornarla o simplemente trastocarla; también se puede tener acceso a la vida de una persona poseyendo uno de los objetos de su pertenencia, como sus uñas, su ropa interior, cabello, el resto de su comida, etc., en definitiva, todos los objetos y cosas pertenecientes a su espacio vital.” La iniciación a que se somete una persona no elimina la libertad, por lo que una persona iniciada para hacer el bien, puede distorsionar la orientación prevista por la iniciación, porque, según los bantú “puede el hombre alcanzar o no el fin por el que está hecho según su actuación.” Porque “después de la definición social, se le daba al individuo unas prohibiciones (…) y normas de comportamiento que convenía respetar si quería garantizar el éxito final de una vida.” A la luz de esta situación, la vida de toda persona debe estar blindada para prevenir todo acto perturbador del malhechor. Pero, ¿con qué medios cuenta una persona para alcanzar este fin?. Una persona “puede recurrir a curanderos buenos que eliminen el efecto nocivo devolviendo el agua a su cauce normal.” Pero se trata de una solución a medias porque “a su vez otra persona puede volver a malgastar una vida restaurada y así in infinitum.” La ambivalencia de la brujería se extiende también en la función del curandero, ya que un: “mismo curandero puede ser mal brujo para unos y buen brujo para otros,” poseyendo en principio materia de brujería no antisocial. Los motivos por los que las grandes personalidades sociales acuden a los brujos bantú confirman esa función ambivalente del curandero: conseguir un puesto encumbrado, conservar una plaza, problematizar la existencia del adversario con una enfermedad, la muerte u otro motivo nocivo, etc. En esta situación “puede darse a la postre un circulo vicioso sintetizado en este dicho fang querellando contra la brujería tomando a los brujos como testigos.” En definitiva, “No se resuelve una situación dada si los testigos son los causantes de la misma.”2

La elección de este grupo tres como materia de nuestro análisis no es casual. Permite desentrañar que el bien del que son portadores tanto los iniciadores como los iniciados en la vida mediante la materia de brujería no antisocial es ambiguo y problemático. Pues, en el fondo, todos se remiten a la materia de brujería como origen de su poder. Materia de brujería es el origen del mal para los bantú y, aunque pudiera ser reorientada hacia una actuación positiva, la cabra siempre tira al monte. Así, en la fase conclusiva del proceso de iniciación de las grandes personalidades sociales, poseedoras de una materia de brujería no antisocial, siempre se incluye un apartado dedicado al sacrificio real o simbólico de un ser querido. Y hay más, la consecución de nuevos objetivos de promoción social así como la conservación y consolidación del status adquirido, exige otros tantos sacrificios dolosos. Recordemos que el sacrificio real o simbólico de seres humanos inherente a determinadas iniciaciones va más allá de la simple ruptura de relaciones parentales como subrayan ciertos estudiosos; apunta más bien a la ruptura de relaciones humanas, a la reducción del otro, pariente o no, a la insignificancia. Se dice simbólicamente que las personas se le presentan al brujo con diferentes figuras de animales domésticos y de bosque. Es una forma de significar que las relaciones que el brujo mantiene con otras personas no son personalizadoras, no realizan al prójimo, la cosifican reduciéndola a un objeto “comestible.” El sacrificio del otro no se parece en nada al sacrificio de sí. Sacrificarse por los demás es expresión de amor, y el de los demás, máxima expresión del egoísmo. Uno puede tener razones para sufrir no para infligir sufrimientos al prójimo.

Es cierto que se puede deducir ciertos aspectos positivos de la materia de la brujería como la emergencia de curanderos y de otras personalidades sociales susceptibles de hacer un bien puntual, pero en este caso se trata de un bien que se produce accidentalmente como lógicamente se deduce accidentalmente la conclusión verdadera de premisas falsas. No se puede combatir una cosa y colaborando al mismo tiempo con ella. Muchos son los curanderos que empiezan curando las enfermedades de la gente y luego terminan convirtiéndose en suministradores de medios de enriquecimiento político, económico y sociales ilícitos.

En consecuencia el grupo uno representa el tipo de persona que quiso Dios. Un antiguo catequista en olor de santidad, José Si Esono declaraba: un m’ mieme o no brujo debe festejar todos los días su don y gracia: Dios está con él. El no brujo es un hombre normal, cuya existencia se desarrolla al margen del exceso de la opulencia y el defecto de la indigencia. Un pobre de solemnidad no es para los bantú un no brujo. Un hombre querido por Dios no debe ser de esta manera. Para los fang, una etnia bantú, una persona rodeada de excesivo poder económico es Nkukum. Un breve análisis de este vocablo demuestra que una persona con manías de poder político y económico es un peligro para la armonía sociedad. En efecto, el sustantivo nkukum procede del verbo akumu, y el deseo es nkuman. Como sabemos, la esencia del deseo o nkuman es infinita. Pues no hay problemas para la humanidad cuando la esencia del deseo anhela los valores espirituales: el saber más, ser portador de actos caritativos, etc. En este caso el tener es un hacer más a sí y a los demás. Pero es harina de otro costal cuando la infinitud del deseo se aplica a los bienes materiales. Es cuando el tener mucho significa ser poco para los demás y para uno mismo: el hombre se convierte en un lobo para otro hombre, es decir, en un brujo para otro, como subraya el Profesor Lluis Mallart Guimera de la Universidad de Barcelona y un estudioso de los Evuzok, un subgrupo de la etnia fang-beti “La ley suprema que estructura esta “contrasociedad” es la ley del más fuerte en el arte de los maleficios.” La sociedad brujeril cuenta, según matiza el mismo estudioso, “con un jefe con mucha autoridad y poder que juzga los asuntos de la noche.”3 Lo que le distingue de un jefe bantú normal que tenía que dirigir su comunidad mediante el buen ejemplo y el consenso. El no brujo puede ser una persona modélica para ciencia y la religión como la cristiana. Nunca espira ser el más fuerte ni tiene proclavidad para los “absolutos.” Conoce sus límites existenciales y los acepto con normalidad. Para llevar a cabo actos trascendentales en la sociedad, se buscaba con ahínco la reproducción de aquel modelo de sociedad y de hombre pre-brujeril. Lo que convierte al no brujo y su sociedad como un ideal social. Sin embargo todo debe estar presente a los ojos del brujo para extender su poder y sentirse seguro y a gusto. Misión imposible para una persona normal. El no brujo representa un terreno abonado para el anuncio de la buena nueva aportado por Jesucristo. Fue una lástima que los primeros misioneros y los predicadores exorcistas actuales estén más proclives en perseguir a los brujos-pecadores que en aprovechar para la encarnación del evangelio los valores que encarnaba el “cristiano anónimo” del no brujo bantú, víctima objetiva de fuerzas trasnochadas.

Por eso las celebraciones religiosas de la religión tradicional bantú tienen lugar en un ambiente que imita y repite la creación del primer hombre, del hombre como quiso Dios: hombre bueno con un corazón bueno y lleno de amor. La religión es la esfera de salvación para el hombre, le mueve y le impulsa en buscar el bien. Dios el origen fontal de la verdad. La máxima de la religiosidad bantú consiste en no manchar las manos con las “cosas” de este mundo. Los demás defectos pertenecen como reza el dicho latino de errare humanum est. Los oficiantes de actos cultuales evitaban a toda costa la presencia durante el desarrollo de los mismos de brujos o de persona con malas intenciones para la comunidad. ¿Está mal que los brujos asistan a actos religiosos?. Efectivamente que no, pero los brujos son los que Jesucristo se arremete en Mateo 3,7: “Y viendo él muchos de los Fariseos y de los Saduceos, que venían a su bautismo, decía les: Generación de víboras?, quién os ha enseñado a huir de la ira que vendrá?. Los responsables del culto religioso formaban un grupo especial de personas o sacerdotes de la religión tradicional. Se caracterizaban por la integridad moral y por llevar una vida ejemplar de acendrada generosidad. Fiscalizaban a los jefes de las instituciones sociales, pero ellos mismos se mantenían al margen del ejercicio de esas funciones, lo que garantizaba su autonomía funcional.

Las plegarias las dirigen a Dios o Nzama a través de los ancestros. Un ancestro no era cualquier persona mayor muerta de la comunidad, sino de las personas que se hayan destacado por sus buenas intenciones y buenas acciones para la comunidad y sus miembros. Por esta razón son los intermediarios cualificados entre Dios y los hombres. No está excluido el sacrificio de uno mismo a favor de la comunidad por una causa generosa, pero las personas sacrificadas por otras por una promoción social no son ancestros ni son objeto de un culto religioso: son espíritus poseídos por particulares para fines egoístas. La sociedad real tomaba su norma de actuación en los principios del orden religioso, principios negados por la sociedad brujeril.

Los bantú reconocen cuatro grados de realidad a los seres inteligentes: el mundo de los vivos, el mundo de los brujos, el mundo de los espíritus y el mundo de los ancestros y Dios. Los vivos no brujos no tienen acceso al mundo de la brujería ni al de los espíritus. Los brujos tienen acceso al mundo de los no brujos y, mediante una iniciación apropiada, mantienen relaciones con los espíritus. El requisito de entrada para los humanos en el mundo de Dios y los ancestros es la muerte.

Pero Dios y los ancestros pueden irrumpir en la vida de los hombres para aportar un bien. Es la razón de ser ancestro. El origen de los espíritus en los bantú es confuso. Sin embargo, se perfila entre ellos esta explicación: una persona después de su muerte se enfrenta con una especie de juicio presidida por los Ancestros, condición sine quo para que entre en el mundo de los Ancestros. La persona se le juzga sobre su actuación en el desenvolvimiento de su humana existencia: si ha obrado bien en la vida, entra en la morada de los Ancestros; si no, ella es devuelta a la vida, no para recobrar su existencia anterior, sino para iniciar un complicado proceso de purificación mediante la transmigración de su espíritu en los cuerpos de las personas, de los animales y de otros fenómenos de la naturaleza como los árboles, montañas, ríos, etc., para cumplir penas de diversa índole. La frontera entre el más allá y el más acá, está representada simbólicamente por la travesía de un río inmenso. Es posible que los espíritus que ya están en la fase terminal del proceso purificatorio, por estar ya cerca del más allá, fueran más pacíficos y bondadosos. Para los bantú y en contra de Platón, el cuerpo no es una cárcel para el espíritu, sino que el espíritu es un carcelero para el cuerpo como introductor del mal en el mundo. Algunos estudiosos no dudan en identificar esos espíritus con la materia de brujería que es de naturaleza inmaterial, actúa en la oscuridad lejos de su envoltura corporal.

En un momento que nuestro país atraviesa un peligroso momento histórico caracterizado por la efervescente confusión de valores, el marco religioso se perfila como el horizonte salvífico, otro problema permanece por saber en qué consiste en nuestros días la buena religión e interpretación autentica de la misma. La religión tradicional, la religión a los ancestros, fue eliminada en la época colonial. Una de sus funciones, la lucha permanente contra la brujería, como el nguí de los fang, fue asumida por las iglesias cristianas. Símbolos fuertes de la iglesia católica como San Miguel y otros tomaron la batuta de la lucha contra el mundo nocturno. Poblados enteros quedaban vacíos por la acción de San Miguel contra los brujos. Sin embargo, esos símbolos cristianos caen paulatinamente en desuso como si hubiesen sido vencidos por Satán. Es posible que la explicación resulte de la recomposición de fuerzas que se produjo durante la construcción del estado nacional. El Nguí, institución que encarnaba entre los fang la lucha contra el brujo y de otras instituciones similares existentes en otros pueblos bantú contra el mundo nocturno formaban sociedades secretas legales (en contra de la sociedad secreta ilegal de los brujos), que perseguían los mismos objetivos que la sociedad real. El grueso de la lucha antibrujeril descansaba en la defensa de la población contra las malas acciones del brujo que consistían en: la muertes frecuentes y dramáticas, estado persistente de infertilidad masculina y femenina, promover la conflictividad social, generar crisis a la producción agrícola, a la caza y la pesca, etc. La moderna promoción social en materia política y económica, etc., llenas de trampas y traiciones (de las modernas brujerías) no existían porque las instituciones que las encarnan eran desconocidas. San Miguel y otros símbolos cristianos de lucha contra el brujo se habían adaptado a un entorno rural y clánico entre los bantú. Por eso las nuevas brujerías en torno a las instituciones políticas, económicas y sociales del mundo actual parecen escapar a su control. ¿Qué medios tiene un San Miguel para luchar contra un brujo hecho presidente como Macias o Mobutu?. ¿Y de los brujos menores que controlan los distintos niveles de las instituciones sociales?. Esta situación ha podido crear la desconfianza hacia los símbolos cristianos tradicionales, tachados de ineficaces, para los que ambicionan las limitadas posibilidades que ofrece el mundo moderno a numerosos pretendientes. Recordemos que la ley del más fuerte es la que funciona en el mundo de la noche. A la luz de los acontecimientos, los que manejan las fuerzas de ese mundo y que hacen gala de ello, son cada vez dueños de la situación. Incluso se impone entre los nuevos creyentes la estrategia según la cual sólo se combate el mundo nocturno utilizando sus métodos y su poder que, a la postre, es su propio triunfo. En este ambiente no es de extrañar que mucha gente trabaje en nombre del ángel caído, aunque se disfracen en ropaje religioso. Pura ilusión y solo engaño. La religión no se opone entre los bantú a la razón, sino al mal. El hombre de Dios no debe dejarse deslumbrar por los encantos del materialismo. Solo salva la verdad, y Dios es su verdadero propietario. El incremento del bienestar material no se ha traducido en mayores porcentajes de felicidad, de solidaridad, de hospitalidad, etc., para mucha gente. El que ayer ambicionaba tener dos coches para ser feliz no lo es hoy por tener cuatro o cinco y así en todo. ¿A qué se debe esta situación?. La explicación está en que el triunfo materialista individualista de hoy es la catástrofe y miseria social o material de mañana. Día de mucho víspera de nada. Sigue siendo cierto, como quería la sociedad bantú tradicional, que la persona humana debe tener sus oídos atentos a la voluntad divina para poder batir un mundo verdaderamente humano. El que tiene oído, que oiga.


Bibliografía

  1. Mircea Eliade, “Tratado de historia de las religiones”, pág.14.
  2. Joaquin Mbana, “Determinismo y la libertad entre los fang”, pág. 3 y siguientes.
  3. Lluís Mallart Guimera, “La danza a los espíritus”, pág. 126.




- Conferencia pronunciada por el Prof. Joaquín Mbana Nchama Dr. en Antropología y Ldo. en Teología en el Salón de Actos de la Facultad de Humanidades el día 26 de abril de 2013