El valor de la Cultura y el papel de la UNESCO

Mi modesto ejercicio pensante de hoy se practica a fin de intentar mostrar cierta convergencia entre lo oportuno de la oferta científica de la Facultad de Humanidades, las expectativas profesionales que han atraído a algunos estudiantes a este universo docente y las preocupaciones nacionales e internacionales de ciertas entidades que apoyan el desarrollo de la cultura. Pero también me parece que este tema es
de interés, al más alto grado, para toda persona preocupada por los humanos asuntos. Pues cada día me convenzo algo más de que la cultura es la vida misma y que, debido a sus principios definitorios, debería despertar la curiosidad y el interés de todo individuo que se esfuerza para llevar una vida de manera coherente y responsable, de resultas de su adecuada percepción y asunción de los entresijos e intríngulis del quehacer vital humano.

Proponer una reflexión sobre la cultura bajo estos presupuestos resulta un reto harto difícil de superar y, sin embargo, estimulante. Por eso, acometerlo encierra un poderoso aliciente que torna meritorio y de satisfacción íntima a la persona que desea asumir tal desafío.

En este estimulante cometido me he aplicado, en primer lugar, partiendo de observaciones de sentido común derivadas de las definiciones en torno a la voz Cultura proporcionadas por los diccionarios de la lengua. En segundo lugar, traeré a colación y para memoria, los trabajos de los fundadores de la ciencia antropológica que trataron tal noción en algunas de sus pesquisas científicas. Y, en tercer puesto, expondré la labor de fomento de un aspecto particular de la cultura que viene desplegando una institución de prestigio internacional, la UNESCO en el caso que nos ocupa.

1.-Un intento más de definición de la cultura

Cuando se menciona el verbo correspondiente cultivar, en su sentido primario, se me antoja que cualquier oyente conocedor del código se hace a la idea de que se trata de hacer que crezcan, fructifiquen y, eventualmente, se reproduzcan los vegetales a consecuencia de los cuidados necesarios que les hayan prodigado. Cultivar se presenta, por consiguiente, como una actividad de fomento desplegable de modo adecuado y practicado siguiendo procedimientos establecidos. De lo que resulta que se pueda también hablar de cultivar cierta facultad o sentimiento, por ejemplo, el de la amistad, tal y como se atestigua a menudo en el lenguaje cotidiano.

Por cierto, aquí importa subrayar que la planta resultante se dará por la aplicación de los conocimientos adquiridos con el correr del tiempo en las condiciones y medios de su crecimiento para que resulte la específica planta deseada. Por lo demás, dicha planta habrá interesado al que la cultiva, se revelará conveniente al entorno en que se ha plantado y su desarrollo vital habrá de realizarse de modo armonioso entre los otros vegetales con los que convive e interactúa.

A la vista de estas someras apreciaciones, es fácil derivarse hacia la cultura humana que nos interpela. Esta cultura refiere un modo de ser/vida de un grupo social constituido en un espacio dado y conformado de un modo peculiar con el correr del tiempo, mediante la acción concomitante de valores comunes, sentimientos, conocimientos y  actuaciones. Una de las especificidades de esta cultura es su absoluta dependencia, como condición sine qua non de su existencia, del establecimiento de redes educativas y de mecanismos de transmisión de conocimientos y prácticas transmitidas de generación a generación para garantizar su mantenimiento y perennidad. La otra de las características de esta cultura se observa en su acentuada propensión al cambio rápido y a hasta la total desaparición en función del entorno en se manifieste.

Por lo demás, son estas dos características culturales de la comunidad humana las que la distinguen radicalmente de las otras especies animales. La conducta de estas últimas, en efecto, viene determinada por una transmisión física y automática, tanto a través de la procreación como por los instintos inherentes a la propia naturaleza de cada especie. Lo cual redunda en el efecto de que lo transmitido por conducto genético revista un carácter inalterable y duradero por largos periodos temporales, apreciando escasa incidencia del entorno en el ser/vida de estas especies.

Asimismo, habrá de tenerse siempre muy presente la condición social del hombre y sus circunstancias singulares que, al estar dotado de conciencia individual, le confiere la facultad de elegir. Multitud de caracteres imprimen una notable complejidad a su ser existencial. La cultura que se origina de tantos factores no podrá sino encerar una intrincada y variadísima red de relaciones, a menudo conflictiva, tanto consigo misma, pues cualquier miembro de una cultura vive esa conflictividad en sus diferentes niveles de conciencia (Freud), con los demás miembros de su sociedad, a tenor de la teoría mimética de René Girard, como con su creencia en presencias espirituales antropomorfas existentes acá, acullá y en el más allá del universo sensible: dioses, Dios, ángeles y demonios en el mundo occidental; Brahmán, nirvana, monstruos y otras entidades suprapersonales orientales.

Por consiguiente, el activo de esta enmarañada complejidad consistirá para cualquier comunidad, en los dispositivos productivos y de reproducción, las instituciones y formas de organización económicas, las construcciones sociales y prácticas políticas, los sistemas legales y jurídicos, los códigos de conducta morales, las concepciones sobre la ciencia y las aplicaciones técnicas y tecnológicas, las imaginaciones y visiones sobre la naturaleza humana y no humana, las religiones, las ideas artísticas bajo todas sus formas: literatura, música, artes visuales, etcétera.

¿Qué es cultura entonces? En suma, suma complejidad que se ha de criar, cultivar, cuidar. Refiere a una forma de vida conformada y heredada por generaciones que viene a ser el resultado de aplicar a una realidad dada los conocimientos y destrezas acumulados en la memoria colectiva a través del ejercicio de la razón o la inteligencia; un conjunto compartido de conocimientos, sentimientos, costumbres y prácticas que define a todos y cada uno de los integrantes de una comunidad en un tiempo y en un espacio dados.
Esta identidad propia y particular es siempre tenida por sus representantes por la mejor y superior a las otras, por lo cual se afana por erigirla en modelo de imitación y asimilación. Lo logra cuando, si no es por imposición violenta, sabe imponerse por atracción sugestiva.

2.- Una confianza inalterable en el valor de la cultura

Y es que con las culturas humanas, ocurre exactamente lo mismo que con los individuos. Las unas y las otras son egocéntricas impertinentes; se otorgan preferencias a sí mismos y se autoadulan. Sobre la base de esta constatación, desde la II Guerra Mundial, los antropólogos estadounidenses van a promulgar una fe y programar un proyecto. Su fe reposa en la esperanza de un progreso indefinido para una humanidad reunida y guiada por Occidente. La fe en alcanzar este propósito estribaba en la doble fuerza operativa de la cultura: por un lado, la que permite distinguir a los seres humanos de los otros animales y, por el otro, la que confiere una lógica mental y humana distinta para cualquiera de las culturas. De tal manera que entre el hombre y la naturaleza se interponía sistemáticamente el velo de la cultura, que hacía que aquel no percibiera a ésta sino por el tamiz de la cultura propia, sobre todo en lo relacionado con los valores y significados situados más allá de la percepción sensorial. A tal extremo, entre las diversas culturas, se volvían irreductibles las particulares categorizaciones de la realidad.

Con el correr de los años y al azar de los encuentros en un universo de acelerada globalización, semejante percepción de la cultura adquirirá una gran audiencia a escala planetaria. Constituirá una tarea de activo voluntarismo acopiar un sólido conocimiento y reunir un amplio inventario de las distintas culturas al objeto de explorar las vías susceptibles de dar cabida a la tolerancia y la mutua comprensión entre los hombres, los pueblos y las civilizaciones.

Y es que, como se ha señalado más arriba, pese a la solidez y generalización de la impronta cultural en los seres humanos, éstos resultan veleidosos. Muy a pesar de la valoración y defensa de las identidades propias, las gentes son particularmente proclives a adscribirse a ajenas categorías identitarias. Como consecuencia de las relaciones humanas que implican poder o subyugación, supeditadas las gentes al señuelo de los espejeantes intereses, materiales o espirituales, que se les inocula a diario, ‘éstas se activan de modo individual y colectivo en pro de las solicitaciones externas que se les propone para satisfacer su ego y, al hacerlo, alteran irremediablemente su herencia cultural; pierden los valores, conocimientos y hábitos brindados por las respectivas culturas de origen. Esta masiva transformación se verá acelerada con el poderoso atractivo de los modelos de vida uniformizada que acarrea el desarrollo tecnócrata, en esencia material y puramente físico.

Sin embargo, el fundador de la ciencia antropológica, el estadounidense de origen alemán, Sir Edward Burnet Tylor, el primero además en subrayar la fuerza operativa de la noción cultura en antropología, ya señaló que aquel todo complejo que es la cultura (saber, creencia, ley, capacidad, hábito….) se trasmitía social y mentalmente, más que física o biológicamente. Lo cual significa que es ante todo de carácter racional, pues es perceptible una coherencia y una lógica propias a cada cultura, por encima de la aparente multiplicidad y confusión de factores y elementos que la conforman.

Precisamente, Frantz Boos, otro antropólogo norteamericano, también de origen alemán y paladín de la determinante influencia de la noción de cultura en los humanos, habría de erigirse en contra de las teorías evolucionistas vigentes en la época. Son las teorías que pretendían que algunas razas, comparadas con los europeos del norte, eran más primitivas y, por consiguiente, más parecidas a los animales por su forma corporal, capacidad mental y sobre todo su desarrollo moral, pues a sus miembros se les imaginaba encadenados a los impulsos más primarios, la violencia y la barbarie más abyectas, considerándolas como auténticos satélites de Satán. Boas, como después de forma especial el antropólogo francés, Claude Levi-Strauss, se aplicaría a ponderar la idea de que no existía sociedad o cultura superior o más evolucionada que otra, por cuanto que cualesquiera culturas humanas administraban la prueba fehaciente de una invención original y específica. Tal es así –afirmaban- cuanto que toda cultura se explica como la contundente respuesta de una comunidad de hombres para producir y hacer perseverar vida en un espacio y a lo largo de un tiempo dados.

Esta específica herencia de cada experiencia vital única, como se ha visto, fundamentada en los conocimientos y procesos mentales de sus miembros, en orden a traducirlos en aplicaciones prácticas, es lo que ha venido en llamarse cultura inmaterial. Siendo por lo que este rico y variado patrimonio se proyecta como un ideal inaplazable que se persigue por toda la Humanidad, concebida ésta en su esencial unidad, a fin de edificar la civilización de lo universal. Concretamente, algunos pensadores africanos habrían de ser los profetas y cantores de la nueva invención de vida: esa raza común de la Humanidad que, habrá de ser mestiza o no será, como exaltara el poeta y hombre político senegalés Leopold Sedar Senghor.
Vuelve así a colación lo evocado al inicio de estas reflexiones sobre la idoneidad y lo han fundado de ciertas instituciones nacionales e internacionales implicadas en repensar y hacer realidad tal valioso designio de desarrollar y fomentar la cultura.

3.- Un programa de desarrollo cultural en la UNESCO

Aquí me referiré sólo y particularmente a la Convención para la Salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial para ilustrar con un ejemplo el esfuerzo desplegado al respecto por la comunidad internacional. Este instrumento legal, adoptado en 2003 por los Estados Miembros de la UNESCO, y fue ratificado por Guinea Ecuatorial siguiendo los protocolos nacionales establecidos al respecto, y su aplicación encaja en la proyección del perfil formativo y profesional que oferta la UNGE en la Facultad de Humanidades.

La UNESCO es la Organización especializada de las Naciones Unidas que tiene por mandato taxativo fomentar el desarrollo de la educación, la ciencia y la cultura. Se trata de una de las primeras instituciones creadas en el seno de las Naciones Unidas, pues su fundación se produce el 6 de noviembre de 1946, un año después de la firma de la Carta Constituyente de la ONU, el 16 de junio de 1945. Es la que más miembros reúne de entre los Estados del planeta, algo más de 190 países.

Estatutariamente, los órganos de la UNESCO son: la Conferencia General que comprende la totalidad de los Estados miembros encarnados en sus Jefes de Estado o de Gobierno, quienes se reúnen cada dos años; un Consejo Ejecutivo con cincuenta y tres miembros de los Estados integrantes que alternan cada dos años y repartidos de manera proporcional en función de las regiones geográficas configuradoras de la Organización, siendo éstos, grupos de países con similitud de problemas y aspiraciones en lo que atañe al mandato y cometido de esta entidad; y un Secretariado General. Éste lo encabeza el director general elegido por cuatro años, mandato renovable una sola vez.

Las Naciones Unidas se crearon con el propósito de mantener la paz y la seguridad mundiales. La UNESCO adquiere su legitimidad de la idea y la constatación de que toda la dignidad del hombre, así como su absoluta indignidad, está enraizada en su mente. De ahí que su Carta Fundacional rece expresamente que, por cuanto que las guerras en todo su horror y maldad hunden y tienen su origen en la mente humana es, precisamente, en esa misma mente humana donde hay que intervenir y operar con miras a la edificación de esa paz tan anhelada por los pueblos y culturas en su invención vital. Para lo cual da lugar, según la UNESCO, buscar estrechar y afianzar la colaboración entre las naciones en aquellos campos de su específica competencia.

Sobre la base de estos principios, la UNESCO juzga impostergable la preservación de los logros cosechados por las culturas del mundo para inventar vida. Y no son logros vitales sólo aquellos que poseen un valor material, físico, sino también aquellos usos que insuflan cierta emoción en el ser humano, o que excitan su orgullo cuando se siente artífice y detentor de una tradición, de unos modos de vida, de unas formas de hacer…. El patrimonio Cultural no se limita a los monumentos y colecciones de objetos, sino que comprende igualmente las tradiciones y expresiones vivas heredadas de los antepasados y transmitidas a los descendientes: las tradiciones orales, los usos y protocolos sociales, los rituales de comunicación con el más allá, los dispositivos y actos festivos, las formas y artes del espectáculo, los conocimientos y prácticas relativos a la naturaleza, los saberes y técnicas vinculados a la artesanía y la terapéutica, etcétera.

Todas ellas se revelan muy frágiles, sobre todo a la vista del vandalismo ejercido sobre las culturas por la impactante globalización de la cultura material. Y es que hay que insistir en que la esencia de toda cultura reside en el conjunto de esquemas mentales interpretativos de la realidad, una visión particular que permite al hombre situarse en el entorno y que condiciona su comunicación con el prójimo. Por tanto, la importancia de la cultura estriba más en el acervo de conocimientos, operaciones mentales y técnicos que se transmiten de generación en generación. Son, consiguiente, los instrumentos indispensables que contribuyen al establecimiento de un diálogo fructífero y enriquecedor entre las culturas y a la promoción del respeto mutuo entre los humanos.

Las características de este Patrimonio Cultural Inmaterial que debe promoverse se han condensado en: 1) tradicionalidad, 2) integración, 3) representación y 4) comunitariedad.

  1. Tradicionalidad. Tiene la cultura inmaterial carácter tradicional, porque implica una herencia de pasado, pero que es asimismo contemporáneo y viviente e incluye los usos rurales y urbanos.
  2. Integración. Integrador, por compartir expresiones comunes que se intercambian entre las generaciones y contribuyen a propiciar la cohesión social y la ayuda mutua entre los individuos que se sienten miembros de una o varias comunidades y de la sociedad en general.
  3. Representación. Representativo, porque depende de aquellos cuyos conocimientos de las tradiciones, técnicas y costumbres se transmiten al resto de los miembros de la comunidad y a otras comunidades.
  4. Comunitariedad. Y comunitario, ya que se constituye en patrimonio, precisamente por el reconocimiento que hace del mismo la propia y las ajenas comunidades.


La UNESCO presenta así un inventario amplio de las iniciativas y actividades necesarias para salvaguardar y estimular el ejercicio de este Patrimonio Cultural Inmaterial a partir de su identificación, documentación, investigación, mejora y transmisión, en particular, a través de la educación parcial y no formal, así como la revitalización de sus diferentes y múltiples aspectos.

Se vuelve de este modo a mi pensamiento inicial a propósito de los factores y actuaciones que condicionan la existencia de la cultura. Es decir, de la vida toda de los individuos en sociedad que ha de cuidarse y mantenerse. En esta idea las aspiraciones de las instituciones nacionales e internacionales concuerdan y refuerzan las de los antropólogos en su preocupación por el estudio de las culturas. Para quienes esta tarea no consiste sólo en registrar una mirada de detalles acerca de un pueblo dado, sino en demostrar una unidad más profunda en la comprensión de los mecanismos y condiciones de constitución y mantenimiento de la vida, todo lo cual refleja una superior aspiración por establecer un clima de conocimiento, tolerancia y respeto entre las sociedades.

Para concluir, puede pensarse que este conocimiento generalizado y mutuo es susceptible de perfeccionar y mejorar las prácticas particulares. Pues la ética, no la tecnología, es el elemento clave de la cultura humana. Si se estanca el dinamismo de las culturas, el futuro de la humanidad se presentaría de modo muy sombrío. El hombre por su carácter social, su dignidad, depende de su ética, de sus conocimientos relativos a las normas de conducta y de convivencia con sus semejantes y del grado en que quiera vivir por encima o por debajo de esas normas.

He ahí un vastísimo programa. Todo un reto que se impuso desde hace lustros, que es de actualidad y que seguirá interpelando a todo Hombre, con mayúscula.



-Prof. Juan Bautista Osubita, Dr. en etnología y antropología